LAS EPIDEMIAS Y LAS PANDEMIAS
Con
Rubén, tocamos el tema: “ la diferencia entre una epidemia y pandemia.” Recordamos la epidemia de la polio, finales del año 1955
y 1956.
En Rosario hubo un brote
fuerte. Mi papi nos llevó a la casa de mi abuela en Córdoba, junto con amigos,
en esa ciudad los casos eran pocos. Se
comenzó a pintar las aceras y troncos de los arboles con cal. Nos colgaban unas
bolsitas con alcanfor. Preventivamente
hacíamos vahos de eucaliptos, remedios caseros, no recomendados por médicos.
La
polio daba a niños menores de 9 años, con sus defensas bajas, con más fuerza a
los recién nacidos. Esos recuerdos no los asocio con el miedo, sino con la
aventura de compartir con amigos en Córdoba.
En el 2014 nos tocó vivir en Venezuela otra epidemia,
la Chinkungunya, según decían era transmitido por un sancudo, o mosquito, te
mandaban a llenarte de repelente, mosquiteros, velas de citronela, fumigaban las casa etc.
Su transmisión era parecida al dengue, aunque no estaba muy
claro, el gobierno se encargó, de
mantener calladito la realidad de lo vivido. Sostenían se trataba de una
campaña mediática.
Fue muy duro, hubo
más de un millón de casos, y muchos muertos.
El resto del mundo no supo la
gravedad de lo que vivimos. No había medios de comunicación, la información
estaba totalmente controlada. No había reactivos. Para hacer un estudio se
sacaba una muestra y se mandaba fuera del país, el resultado llegaba al
mes.
Los hospitales colapsaron, eran focos de contagio, aconsejaban
quedarse en casa.
Los síntomas era una gripe
normal, con brotes en todo el cuerpo, imposibilidad para caminar, se perdía la tonicidad muscular, dolores articulares, cansancio, fatiga , dolor de cabeza, náuseas.
Rubén trabajaba
como profesor en un colegio, yo atendía gente todo el día. Venían y nos
contaban: “en casa nos dio a todos.” “Los vecinos ninguno se salvó”. Eran
muchas historias de gente conocida muertas.
Los diabéticos,
hipertensos, con su sistema inmunológico débil, se veían
complicados, y terminaban pasando a otro plano.
Hubo gente muriendo a consecuencia de la enfermedad, al no responderles sus piernas,
terminaban rodando por una escalera, o golpeándose al caer al piso y dar con la cabeza. Otros perdieron visión, por desprendimiento de
retina, existieron muchas
complicaciones.
Atacaba especialmente las
plantas de los pies. Recuerdo esas imagenes de la gente en la calle,
caminando como pisando huevos. Había que
ayudarlos a subir a los autobuses, las piernas no respondían.
Fue más grave de lo que se
supo.
En casa no
había sancudos, considerábamos no nos tocaría.
Nos sentíamos invencibles.
En mi andar por la vida, mi
inconsciente ha sido mi mejor aliado.
Muchas veces, hice cosas sin ninguna explicación, hasta
llegado el momento algo sucede y alli entiendo el motivo oculto de esa locatera.
En treinta y cinco años en Venezuela, jamás había hecho un sancocho,
algo semejante a un puchero. Un día desperte con antojo de experimentar y
hacer uno bien grande para congelar y no cocinar por un tiempo.
A los días, caigo con chinkungunya. Fiebre, un
pequeño dolorcito de cabeza, directo me metí en cama a reposar.
Al siguiente día Ruben termino a mi lado, le dio más fuerte, por tres días no pudo levantarse para nada, orinaba en un
Papagayo, las piernas no le respondían.
Rompió el deposito del agua del inodoro, al sentarse las piernas
fallaron y se fue, menos mal la poceta (inodoro) lo recibió, de lo contrario
caía al piso.
Fue alli cuando el sancocho hizo su entrada triunfal, nos permitió alementarnos. Luego nos enteramos, lo recetaban para la chinkungunya.
En ningún momento sentimos miedo, ni la necesidad de ir a médico o
clínica.
Compartimos el reposo juntos,
tuvimos paciencia, usamos el humor, eramos conscientes, por dos años alguna secuela podía quedar. Lo nuestro no duro mucho. Nos vimos en el
espejo lo que sería nuestra vida a los 90 años.
Cuando pudimos levantarnos, y desayunar juntos,
éramos dos viejitos agarrando la taza con las dos manos, con sumo cuidado para
evitar se nos cayera, no teníamos
fuerza. Gracias a Dios la secuela duro solo un mes.
Hoy no es una epidemia, sino pandemia,
nos toma con unos años más, por lo tanto se hace imprescindible manejar mejor
los miedos. Amo mis miedos, ellos me permiten ser cauta, precavida y juiciosa.
Igualmente hay momentos pierdo mi eje, necesito
recuperarlo, siento el cuerpo físico no es el mismo de años atrás, responde mucho más fuerte
ante un estímulo emocional, siento es una cajita de cristal que resuena ante el
menor toque y se hace sentir con mayor intensidad.
Existe la necesidad de
cuidarnos mucho más, por nosotros y
nuestros hijos, que al estar lejos se preocupan por nuestra salud.
Lamentablemente en esta
oportunidad, observamos algunas semejanzas de lo vivido con la chinkungunya,
en Venezuela, algunos sectores
oficiales, intentan manipular la información, ocultando cifras, para no mostrar
la realidad, con oscuros intereses políticos. Esta pandemia si bien es real, es manipulada politicamente de acuerdo a distintos intereses políticos, eso duele mas que la pandemia, que nos manipulen no esta bueno,
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