VIAJE
A VENEZUELA
Transcurría el mes de
mayo de 1978. Cuando un día nos juntamos a comer unas pizzas con nuestros
amigos Roberto y Diana y de repente ella soltó una pregunta: Y SI NOS
VAMOS A VENEZUELA? Y allí cambio la
historia de nuestras vidas, dimos un giro impensado. Luego del mundial 78 Rubén
partía rumbo al paraíso desconocido!!!
A mí me costaba alejarme
del núcleo familiar. A pesar de todo el dolor que eso significaba y solo mi
almohada conocía, fui preparando a los niños, Leandro de 5 añitos y Mayra de 2.
Les hablaba de la aventura, que nos
disponíamos a vivir. Como primera medida compartir más con su papa, normalmente
su trabajo lo alejaba de Rosario, su vida transcurría entre el Norte y el Sur
del país. Ahora podríamos estar los 4 juntos en Valencia Venezuela. Eso significaba para nosotros viajar en avión,
conocer el mar, paisajes nuevos, otros amigos, comidas diferentes, con sabores
tropicales. Íbamos a un mundo
desconocido, otra cultura, otros sentires. Les fabrique un mundo de ilusiones
para que todos pudiéramos asimilar mejor ese despegue familiar. Al mismo tiempo
que los preparaba a ellos me iba preparando yo. Mostrando todo lo positivo de
ese nuevo despertar, era un nuevo amanecer.
Todo se nos dio de la mejor
manera para lo que significa emigrar con niños, sin llevar dinero ni enseres desde
aquí. Rubén partió adelante, ya con trabajo en una constructora. En solo 5
meses hizo amistades con niños de la edad de los nuestros, busco escuela, médicos,
fue preparando el terreno, compro casa a punto de ser terminada en una bonita urbanización,
El Naranjal con vista al Cerro el café, un soñado bosque de pinos, En esas navidades
del 78 regresó a buscarnos, lo pasamos en familia, y a los pocos días abrimos
nuestras alas y nos dispusimos a vivir una hermosa aventura que duro 38 años
con muchos matices.
Cuando traspasamos la puerta
del avión rumbo a nuestra segunda patria, Leandro me abrazo y se largó a llorar
diciendo ya estoy extrañando a mis primos, Luego se sentó en la ventanilla del
avión y sus ojitos no le alcanzaban para observar ese paisaje desde las
alturas, con su corazón estrujadito. Cuando le sirvieron la comida, les
entregaron unos cuadraditos de mantequilla y me pidió: mami porfa guárdamelo
para dárselos a mi primo Leo.
Mayra logro hacer su viaje con sus zapatos puestos
hasta minutos antes de aterrizar, donde
se descalzo para hacer su arribo
triunfal en patitas, como le gustaba andar siempre.
En Caracas nos recibieron
unos amigos en su casa, pasamos esa
noche allí. Leandro no podía dormirse, decía estaba acostumbrado a la casa de
sus abuelos, hasta terminar rendido en los brazos de su papa. Enseguida hizo
grandes migas con Lucho el niño de nuestros amigos. Nos llevaron a Valencia y
paramos una semana con otros amigos, allí nuevamente Leandro a la hora de
acostarnos no lograba conciliar el sueño, expresaba se había acostumbrado a
dormir en la casa de su amigo Lucho.
Mientras terminaban nuestra
casa nos facilitaron un cuarto y un baño de un antiguo casco de hacienda colonial,
que estaban urbanizando, un lugar muy bonito, con grandes árboles frutales y
florales totalmente nuevos para nosotros. En ese momento estaba todo despoblado,
veíamos cruzar venaditos por los montes. El lugar era soñado.
La casa solo era un cuarto
con 3 camas con colchones, una sala con una nevera, y un baño, eso era todo. La cocina brillaba por su ausencia. Teníamos
que lavar la ropa en el baño en una ponchera, que llenaba con una manguerita
que salía de un lava manos pequeñito y en esa misma ponchera pero al aire
libre, bañaba a mis niños 3 veces por
día. Para cocinar lo hacíamos en la sala
con calentadores y una waflera. No teníamos mesa ni sillas, nos arreglábamos
con cajoncitos en el suelo donde apoyábamos el calentador. Compramos una tabla
de planchar que la usábamos de mesa.
Vivimos un poco como gitanos pero sumamente felices
y contentos, sin prisas, mis hijos
parecían indiecitos, en paños interiores, Vivian llenos de tierra
experimentando vivencias nuevas, conociendo los amigos montados en los árboles,
y en las maquinarias de construcción. Hacían
cabañas arriba de los arboles con troncos que encontraban en los alrededores y con
planchuelas grandes de madera y raíces inventaban subibajas. Bajaban mangos
directamente de las matas, y terminaban con sus rostros anaranjados, todos
embardunados.
Con sus amigos hacían
excursiones a sus escondites secretos, cuando llegaban con ampollas en los
pies, llenos de mugre y sus caritas sonrientes me sentía feliz de verlos
disfrutar un mundo diferente.
Investigaban todo tipo de bichos, aparecían con mariposas, abejas secas, cajitas con cucarachas, sapos secos, lagartijas, cascarudos, hormigas voladoras, arañas raras, cangrejos y caracoles. Jugábamos al kiosco y me los vendían.
Investigaban todo tipo de bichos, aparecían con mariposas, abejas secas, cajitas con cucarachas, sapos secos, lagartijas, cascarudos, hormigas voladoras, arañas raras, cangrejos y caracoles. Jugábamos al kiosco y me los vendían.
Estaban felices, eso si, nombraban siempre a
sus abuelos, primos y tíos. Todas las
noches miraban unas fotos de la familia, los iban nombrando uno a uno, y decían
no se habían olvidado de sus caras. Como me veían escribir a la familia, me
dictaban sus cartas para los primos y amigos. Cuando experimentaban algún sabor
nuevo, decían los abuelos se tienen que conformar con otras frutas, no saben lo
que se pierden.
Un día vemos a Leandro con dos
bolsas de polietileno una en cada mano que corría aleteándolas sin parar, de
repente lo escuchamos protestar fuertemente, nos arrimamos a ver que le pasaba
y nos dice: No puedo volar para ir a Argentina
Los fines de semana conocíamos diferentes
playas, en compañía de amigos con niños. Al regreso nos juntábamos en nuestro
hogar y armábamos una parrillada para todos, hecha sobre una carretilla.
Nos sentíamos como si
estuviésemos de vacaciones conociendo un paraíso increíble.
Llegamos a Venezuela en la época
que no llueve ni una gota, Los techos del cuarto de la casona que así le
llamábamos, eran de caña brava y tejas. A medida que nos íbamos acercando al
periodo de las lluvias, comenzamos a vivir nuevas aventuras. En el dormitorio,
cuando los primeros palos de agua se
hicieron notar, aparecieron algunas goteras, Fue genial, las primeras estaban centradas a la
altura de un colchón, de manera que había que levantarlo encimarlo sobre
otro y terminábamos durmiendo amorochados; primero fue necesario levantar un
colchón, luego otro, hasta llegado un
momento terminamos los cuatro en una misma cama. Todo resultaba un juego, por suerte en la
sala no entraba agua, (tenía un cielorraso) pues llego un momento que dejaron
de ser goteras para convertirse en cortinas de agua,y Mayra aprovechaba para
patinar en el piso mojado y en más de una oportunidad aterrizaba
y decía en su media lengua: Yo atino y caio…. luego
teníamos que coletear para retirar el agua del cuarto. Mis hijos colaboraban con
esa limpieza y lavado de la ropa, todo se convertía en un juego. Pasamos 5
meses sin televisor y no hizo falta, escuchábamos música, leíamos libros de
cuentos. Mis amistades no podían entender viviéramos así, nosotros estábamos felices,
sabíamos era una hermosa aventura a plazo fijo.
La noche anterior de la
mudanza a la nueva casa, nos juntamos los cuatro a hacer una cena de despedida,
brindamos con cerveza los papis y Pepsi los niños, todos fuimos, expresando lo
que sentíamos, y haciendo nuestro cierre de esa etapa especial y fue allí donde
se dejó asomar la tristeza en forma de lagrimitas, en los ojos de los niños al tener que abandonar la CASONA, nuestro
primer refugio y hogar. Aunque al llegar a su casita definitiva, también lo
hicieron llenos de felicidad rodando por las alfombras y dando brincos de
alegría porque iban a tener su baño propio.
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